El Miguelón Park

22.09.2014 08:41

(Por Rodobaldo Rodríguez)

 Hasta el año 1963 fue un solar yermo que ocupaba dos manzanas exactas entre las calles Quinta y Séptima  del Oeste en el barrio del matadero municipal de Cabaiguán, mi barrio de El Rastro. A partir de esa fecha surgió el estadio de béisbol “Miguelón Park”.

El bautizo con ese nombre fue espontáneo y a la vez un imperativo de la necesidad de que  naciera y perdurara con el sello de lo más autóctono y popular del barrio.

Miguelón “El Pinto” era un gigantón de más de seis pies de estatura y doscientas cincuenta libras de peso que soñaba con ser famoso en el béisbol jugando en la primera base. Pero su sueño coincidió con el machadato.

Fue en esas circunstancias que se hizo célebre cuando a falta de dinero hizo una guantilla de inicialista a partir de una polaina con la que escribió numerosas páginas de gloria a la defensa.

El “Miguelón Park” no tenía media luna, era un potrero desnivelado. Tampoco tenía bardas por el jardín derecho ni por el central, como no fueran el kioskito de Jesús y la carnicería de Chicho “Tabacón” respectivamente, pero ambas estaban situadas a más de cuatrocientos cincuenta pies del home play. En cambio las bardas por el  jardín izquierdo estaban relativamente cerca, a unos trescientos pies, pero tampoco resultaba fácil volarlas porque estaban formadas por una hilera de cedros que tenían más de seis metros de altura y servían de demarcación del solar de Juanico Cañizares, en el que crecían y maduraban los mangos y las naranjas, víctimas de nuestro desenfrenado apetito juvenil en innumerables ocasiones.

Aquel terreno tampoco disponía de medidas ni límites oficiales en sus extremos. Las distancias desde la lomita de lanzar hasta el home play y entre las almohadillas  se establecieron por la talla del pie de Miguelón. Por tanto no resulta difícil percatarse de inmediato de que las dimensiones de aquel terreno siempre fueron superiores a la de cualquier estadio oficial.

Las rayas por el jardín derecho e izquierdo se hicieron con las cenizas de los fogones de las casas vecinas. La malla protectora detrás del home (“baquetol”, del inglés “back stop ball”) era portátil y se confeccionó con la unión de dos o tres redes de pesca, atadas a unas estacas de “caña brava”.

Tampoco había gradas. Los fanáticos se sentaban en la acera a pleno sol a disfrutar del espectáculo, lo mismo a las cuatro de la tarde que en el bochorno del mediodía.

Y es que nadie quería perder la oportunidad de ver jugar siempre al equipo del barrio (Seccional-1) que era una mezcla perfecta y armónica de jóvenes talentos en pleno ascenso con jugadores que ya habían visto pasar sus mejores años y sueños

Por el “Miguelón Park” desfilaron atletas que después hicieron historia en nuestras Series Nacionales de béisbol. Allí jugaron, entre otros: Owen Blandino, gloria deportiva recientemente desaparecida, José Antonio Huelga, el Héroe de Cartagena,  Jesús “Nine" Oviedo (fallecido), Roberto “Caña” Ramos y Esteban Pino.

El que hace el relato también jugó en ese terreno con el equipo juvenil “CAMIONEROS” y en una ocasión dejó todo el pellejo de una nalga tratando de alcanzar la segunda base en un deslizamiento.

Todo relato debe contener alguna anécdota. Traigo una a colación en la que estuvo involucrado el Héroe de Cartagena, José A. Huelga.

Se disputaban los finales de un juego entre nuestro equipo “Camioneros” y el campeón regional, Sancti Spíritus, que marchaba empatado a dos carreras.

El “Jabao” Huelga, que había sido movido desde su posición inicial en el béisbol, la tercera base, lanzaba de relevo  por el equipo espirituano visitante.

En el cierre del noveno Huelga perdió el control momentáneamente frente a Osvaldo “Vallo” Concepción, nuestro torpedero y tercer bate. Éste, molesto porque quería batear provocó a Huelga diciéndole:

- “Pitchea por el medio “Jabao” que te la voy a desaparecer por arriba de los cedros de Juanico”-. Huelga exhibió una ligera sonrisa, hizo un giro en la improvisada lomita dándole la espalda al bateador  y se puso a frotar la pelota. Cuando se volteó a tomar las señas de su receptor la expresión de su rostro era otra totalmente diferente. Él iba a demostrarle a aquel desconocido a quién se estaba enfrentando.

Pero los acontecimientos célebres e históricos ocurren cuando casi siempre nadie los espera. Lo que “Vallo” Concepción dijo medio en broma, medio en serio se convirtió en realidad cuando su bate chocó con  una recta de humo de Huelga que venía como a 90 millas a la altura de las letras y la pelota surcó el aire pasando por encima de los cedros de Juanico Cañizares para  caer justamente en medio del naranjal. Aquel batazo fue a más de trescientos cincuenta  pies fácilmente. Aquello fue  locura en el barrio y en nuestro dogout al aire libre, a la sombra de  una mata de anoncillos. Pasadas las emociones, los derrotados vinieron a felicitar a los triunfadores con su mánager (el negrito “Kakuma) y el mismísimo José A. Huelga a la cabeza. Frente a  nosotros Kakuma se dirigió a Huelga diciéndole sencillamente cinco palabras: -“nunca más  subestimes al rival”.

Pasaron los años, cambiaron los tiempos. Ya no existen los equipos del barrio o del centro de trabajo. Hoy existen centros de alto rendimiento y escuelas deportivas especializadas para el desarrollo de los talentos. Todo muy bien pensado y organizado, y que nos ha dejado abundantes frutos en competencias nacionales e internacionales. Es verdad. Pero también es verdad que hoy yo no siento el mismo amor por la camiseta que  sentía cuando jugaba el equipo de mi barrio, el “Seccional – 1” dirigido por Bolo, El Matarife, o mi equipo juvenil “Camioneros”

Y lo más triste: hoy, cada vez que viajo a mi terruño se renueva la nostalgia que siento cuando veo el antiguo solar yermo (convertido en el terreno de béisbol “Miguelón Park” por el ímpetu y la iniciativa de la gente del barrio y atletas) poblado de viviendas de bajo costo y de canteros para la agricultura urbana, que también resultan algo bueno y necesario, pero que no pueden encerrar  en las paredes de las casas, ni en los canteros de las hortalizas, ni la milésima parte de las emociones, sueños y frustraciones de todos los que tuvimos el privilegio de ripiarnos el pellejo jugando al béisbol en el terreno “Miguelón Park”.

Y ahora me pregunto en cuántos solares yermos y terrenos improvisados no habrá ocurrido lo mismo a lo largo y ancho de nuestro país? Y cuántos talentos en los barrios ni siquiera han llegado a descubrirse?. Será acaso una realidad irreversible que nunca más podremos hinchar por el equipo del barrio? Si es así, entonces nos hundiremos en la nostalgia irremediablemente.

                     La Habana, enero de 2012.

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